sábado, 27 de agosto de 2011

LA BANDA DEL TESORO (X). Jorge Álvarez

El Plan Morgenthau: el plan de Harry Dexter White (V)


Fotografía del presidente Roosevelt tomada en Dutchess County,
lugar de residencia de descanso de su amigo Henry Morgentahu

De vuelta en el Tesoro Morgenthau relató a White con detalle su conversación con Stimson. Y le confesó que, sacar adelante su plan para Alemania “se había convertido el asunto más importante que había tenido que manejar durante su servicio en el gobierno.”

La mañana del 25 de Agosto Morgenthau volvió a entrevistarse con Roosevelt. Le entregó el Manual Militar para Alemania y las contrapropuestas elaboradas por sus chicos del Tesoro bajo la dirección de Harry D. White. Roosevelt le indicó que el Manual Militar admitía diferentes lecturas, una que apostaba por un tratamiento suave a la Alemania derrotada y otra que iba en la dirección contraria. Morgenthau se sintió defraudado por la ambigüedad del presidente y comenzó a pensar que Stimson se le estaba adelantando. De hecho le comentó a Roosevelt que, dado que ahora parecía seguir más los consejos del Secretario de Guerra, mejor le devolviese el Manual Militar y el memorándum del Tesoro. Sin embargo, el presidente se quedó los documentos para, según le dijo, leerlos atentamente esa noche.

Como si se tratase de una competición por la conquista del favor de una dama, Stimson acudió a ver a Roosevelt al mediodía y le advirtió de que desmembrar y desindustrializar Alemania causaría la muerte por inanición de treinta millones de alemanes.

Por la tarde tuvo lugar una reunión del gobierno. Roosevelt sacó a relucir el Manual Militar que le había entregado Morgenthau para desautorizarlo y defendió el punto de vista del memorándum del Tesoro de convertir a Alemania en un país de granjeros. También se mostró a favor de la idea de Morgenthau de formar dentro del gabinete un comité encargado de elaborar un plan para Alemania. Este comité iba a estar formado por Morgenthau, Hull, Stimson y Hopkins, este último, como coordinador.

Al acabar la reunión, un eufórico Morgenthau se presentó ante sus colaboradores del Tesoro exultante. Había conseguido convencer al presidente, lo que representaba un triunfo personal absoluto. Su estrategia, unida a su perseverancia, había dado fruto. Y, por el momento, todo parecía sugerir que así era. Esa noche Roosevelt envió a Stimson una durísima carta con copia a Cordell Hull, en la que, con bastantes malas formas, le reprendía a cuenta del Manual Militar para Alemania que había elaborado el Cuartel General Supremo de la Fuerzas Expedicionarias Aliadas (SHAEF). El asistente de Stimson en la Secretaría de Guerra, John McCloy, calificó la carta de Roosevelt como un humillante azote en el culo. Para Roosevelt, algunas de la conclusiones del Manual resultaban, siguiendo la estela de Morgenthau, inaceptables.

“Este autodenominado Manual es muy malo. Me gustaría saber cómo llegó a ser redactado y quién lo aprobó. No debe ser devuelto como aprobado y todas las copias deben ser retiradas. Me da la impresión de que el Manual pretende que Alemania debe ser reconstruida en la misma forma que Holanda o Bélgica y que el pueblo alemán debe volver al nivel de vida previo a la guerra lo más rápido posible… El hecho de que son una nación derrotada colectiva e individualmente, debe ser grabado en sus conciencias de forma que no les queden ganas de comenzar una nueva guerra- la entera nación ha estado envuelta en una conspiración ilegal contra la decencia de la civilización moderna.”

Stimson no olvidaría la humillación que le había supuesto esta impertinente carta presidencial y, con bastante buen ojo, culpaba a Morgenthau de haber indispuesto al presidente contra él. Lejos de amilanarse en su rechazo a los planes del Departamento del Tesoro para la Alemania derrotada, decidió combatirlos con mayor ímpetu.

El 1 de Septiembre, James Riddleberger, Jefe de la División de Asuntos de Europa Oriental de la Secretaría de Estado, envió un memorándum a Harry Hopkins a cuenta de la política a aplicar en la ocupación de Alemania. En él, entre otras cosas, y con bastante sentido común, decía:

“Si se adopta un programa de largo alcance de destrucción o desmantelamiento de la industria (en Alemania), resulta evidente que si se pone en efecto, provocará profundos cambios en la totalidad de la economía de Europa. Alemania es un país deficitario en alimentos y es muy dudoso que se pueda implementar un plan para convertir a Alemania en un país predominantemente agrícola sin liquidar o deportar a varios millones de alemanes.”

El fin de semana del dos y tres de Septiembre los Roosevelt y los Morgenthau lo volvieron a pasar juntos en sus fincas del valle del Hudson. En concreto, el presidente y la primera dama visitaron a los Morgenthau en su mansión de Fishkill Farms. El sábado por la tarde el Secretario de Estado y el presidente estuvieron cerca de una hora hablando del futuro de la Alemania ocupada. Morgenthau, que no perdía ocasión, entregó a Roosevelt un nuevo borrador más completo de su repugnante plan. El presidente le comentó lo de la carta a Stimson, que también tenía por blanco a McCoy y le confesó con cierta prepotencia que “los había tenido que poner en su sitio.”

El documento que Roosevelt recibió de manos de Morgenthau proponía que las autoridades aliadas de ocupación no se preocupasen en absoluto por la situación económica de Alemania y de los alemanes. No debían intervenir en asuntos tales como el control de precios, el racionamiento, el desempleo, la distribución de bienes, el transporte, el alojamiento de las personas desplazadas o que habían perdido su hogar en los bombardeos… Las autoridades de ocupación en definitiva y según el plan de Morgenthau, debían abstenerse de adoptar cualquier medida “diseñada para mantener o fortalecer la economía alemana.” Los alemanes deberían salir adelante ellos solos y con los medios que pudiesen procurarse ellos mismos según las circuntancias. Naturalmente, esta política de absentismo total - ante una población civil que había de sobrevivir en un país arrasado - unida al propósito de desmantelar toda su industria, suponía condenar a muerte por hambre a varias decenas de millones de alemanes. Se trataba de un plan deliberadamente genocida y su propósito no era otro. Roosevelt lo leyó con atención. Se detuvo en un párrafo, el que hablaba del desmantelamiento de toda la industria del Ruhr y preguntó a su ansioso interlocutor si no sería más conveniente poner la zona bajo el control de un organismo internacional. Rápidamente Morgenthau replicó argumentando que si se hacía eso con el Ruhr, “a los alemanes les faltaría tiempo para recuperarlo mediante un nuevo Anschluss.” En cambio, dijo, desmantelar las fábricas del Ruhr permitiría entregárselas a otros países que las necesitasen y poco importaba “si eso suponía eliminar a dieciocho o veinte millones de alemanes.”

Roosevelt se mostró convencido de los argumentos de su viejo amigo y se mostró de acuerdo con que era preciso tratar con mucha dureza a los alemanes derrotados. El propio Morgenthau anotó en su diario:

“El presidente escuchó con atención y pareció estar de completo acuerdo con lo que yo le estaba diciendo.”

Al acabar la conversación, Roosevelt dijo que tenía el propósito de elevar a la inminente Conferencia de Quebeq las propuestas del Tesoro para imponer a Alemania unas duras condiciones de paz, y se preguntó hasta qué punto podría alcanzar un acuerdo con Churchill sobre esas bases. Su anfitrión le contestó que el Secretario del Foreign Office, Anthony Eden, le apoyaría.

El día 4 de Septiembre Stimson, McCloy y White atendieron la invitación a una cena en la residencia de Morgenthau en Washington. Y, por supuesto, prácticamente no se habló de otra cosa que no fuese la futura política de ocupación de Alemania. Comoquiera que el Secretario del Tesoro insistía en convencer a sus colegas del Departamento de Guerra de la idoneidad de su vengativo plan sin estar dispuesto a ceder en lo más mínimo, Stimson, con plena intención de irritar a su obsesivo anfitrión, hizo la siguiente observación:

“Yo creo que no podemos solucionar el problema sino es desde premisas benévolas y cristianas.”

Naturalmente, Stimson no ignoraba que Morgenthau y White eran judíos.

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